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"Emma Espinoza fue la ganadora del Tercer Premio con su cuento “El fusilamiento”, escalofriante y conmovedor relato, pulcramente escrito, de una situación que se convirtió en cotidiana en la Cuba castrista. Por la inconmensurable carga emocional y dramatismo humano de su cuento, Espinosa se robó los aplausos del auditorio al ser leídos fragmentos de su obra, que retrata de cuerpo entero la tragedia cubana".

Ena Curnow
Diario Las Américas


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Lo siguiente es una parte del cuento “El fusilamiento” (el cual recibió el Tercer Premio del Concurso de Cuentos del Museo Cubano 2007. “El fusilamiento” es uno de los cuentos  incluidos en el libro “Sueños Perdidos”.
 
… Cada mañana escuchaba el llanto, la desesperación de unos, y la valentía de otros que morían gritando sus ideales o su fe. Y las detonaciones. Entonces, él  también lloraba, se desesperaba y rezaba. Y se indignaba contra una Iglesia amordazada por su complicidad con la dictadura anterior.

¿Cuándo le llegaría a él su turno frente al pelotón?  Esa era otra refinada tortura: la ignorancia de cuándo le llegaría el fin. A veces, él quería vivir, pero no esa vida de sufrimiento y angustia; y otras, quería morir, pero ya, de una vez, sin dilación. Porque dejar cada día un jirón de su vida entre aquellas paredes húmedas y malolientes, enterrar una ilusión cada mañana, perder una esperanza cada noche, cargar la misma cruz por aquel interminable camino, pero sin llegar a la crucifixión, era un tormento que él no podía soportar más.

A veces sentía la tentación del suicidio. Pero se agarraba de una pequeña llama de fe para quemar su desesperación. Entonces, ofrecía a Dios el sacrificio de vivir. Tal vez él podría soportar el dolor y las humillaciones si supiera que tendrían un final. Ahora sabía que el infierno era así: no saber si los tormentos terminarían alguna vez. Por eso deseaba saborear la dulce amargura de la muerte. No vislumbraba otra manera de salir de aquel infierno, en el cual lo había lanzado una turba que había renunciado a la razón a cambio de vitorear un espejismo.

El retumbar de unas botas lo devolvió a la realidad.
-Mañana te toca a ti- le dijo con aspereza aquel miliciano imberbe, aparentando valentía-

Y añadió burlonamente:

-¿Quieres algo?

¿Si quería algo? Quería vivir. Y quería morir. Quería ver a María Elena una vez más, decirle cuánto la amaba…quería abrazar a sus padres. Quería hablar con alguien antes de callar para la eternidad. Quería confesarse con un cura para sentirse perdonado. Quería gritarle a aquel pueblo ebrio de utópicas promesas revolucionarias, que despertara de su embriaguez antes de que fuera demasiado tarde. Aunque tal vez lo era ya…

Pero no pidió nada. ¿Para qué? Aquella pregunta era un juego más para verle implorar por algo que le iban a negar. Se encogió de hombros.

Fue a apretujarse en un rincón. Se estremeció. Iba a morir. Dejaría de amar, de recordar. De sentir… pero también de sufrir.

¿Qué pasaría después? ¿Cómo lo recibiría Dios? ¿Se encontraría con su novia alguna vez? ¿Se amarían todavía?  Recordó  la agonía de Jesús la víspera de su muerte. Ahora la comprendía. Porque como el Maestro, a él también se le escapaba la esperanza de vivir en gotas de sudor sanguinolento. Y su tristeza sollozaba hasta la muerte. Pero no era sólo la cercanía de la muerte lo que lo doblegaba: era, como al Maestro, saberse fracasado. Había ofrecido su vida por la salvación de un pueblo-su pueblo-que corría alegremente, sin detenerse a pensar, hacia su destrucción.

Este fracaso era una cruz invisible pero real que lo agobiaba tanto como su existencia truncada. Pero no encontraba un ángel consolador. Si al menos su sangre, y la de tantos otros  sacrificados ante el altar de la tiranía revolucionaria, sirviera para redimir a Cuba...

¿Pero es que acaso existe redención para un pueblo que se deja engañar por el primer hombre que se disfraza de Mesías y le ofrece el paraíso en discursos interminables?  ¿Qué sentido tiene luchar por el bien y la verdad si la maldad y la mentira siempre triunfan?

Gotas de sudor le manchaban la vista. Se pasó la mano con furia para librarse del sudor. Y de las dudas. El creía en Cristo. Tendió su mano insegura hacia El. Pero sólo agarró el viento. Lloró. El Padre lo había abandonado. Se ensangrentó los puños golpeando su destino.

En su angustia, vio a María Elena, esta vez arrodillada en aquella iglesia donde solían ir, con su velo blanco de virgen inviolada. Quiso rezar él también, pero las palabras no le brotaban. Solamente pidió misericordia para sus padres. Y para ella. Se sentía mareado.

Le dolía la vida con dolor de muerte…

 
Para leer el cuento completo, y otros cuentos profundamente conmovedores como este además de poemas intensamente románticos y espirituales, click este link.
 
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suenos perdidos Emma (en el medio) cuando le fue concedida su Accésit de Honor en el concurso internacional de cuentos “Enrique Labrador Ruiz”, del Círculo de Cultura Panamericano
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