El título de mi libro “Sueños perdidos” puede sonar deprimente o tal vez negativo. Pero es que nosotros, los que éramos jóvenes cuando irrumpió en Cuba el desastre castrista, somos eso, la generación de los “sueños perdidos.” En aquellos momentos toda nuestra vida cambió; todas nuestras ilusiones y nuestros proyectos se frustraron. Muchos tuvimos que abandonar nuestra patria y familia; otros muchos fueron encarcelados y también, muchos otros sufrieron una muerte temprana por seguir sus ideales. También nuestros padres y abuelos vieron sus “sueños perdidos”, el poder disfrutar del fruto de su labor en la vejez y de su familia en paz y libertad. El destino de todo un pueblo cambió y con ese cambio hacia el mal, perdimos el rumbo que habíamos soñado para nuestro futuro. Las familias sufrieron separación y miseria. Y los más afortunados pudimos comenzar de nuevo en tierras extrañas; otros vieron sus vidas, como ya lo señalamos arriba, enterradas en una celda o cercenadas por la muerte. Por eso todos, de una manera u otra, vimos nuestros “sueños perdidos”.
También, en mis escritos está presente la muerte. Porque la muerte es parte de la vida y mientras no lo aceptemos así, no tendremos paz. Somos el ser para la muerte, como decía Heidegger. Desde un punto de vista meramente filosófico, la muerte es absurda. Aquí es donde entra nuestra fe: desde esta perspectiva del creyente, la muerte no es un final, sino un principio. Lo cual no quiere decir que a veces no nos atemorice, como todo lo desconocido. Como afirmó San Juan en su primera carta “aún no se ha manifestado lo que seremos”. La fe en Nuestro Señor Jesucristo es lo único que da sentido y esperanza a nuestra vida, aunque a veces nos sea imposible comprender, con nuestra limitada inteligencia humana, los designios divinos.
Mis dos últimos cuentos, “Un cuento corto” y “El funeral”, son una crítica irónica de la sociedad y de la Iglesia. Ellos no están en la línea poética o romántica de mis otros escritos. Son como un desahogo, como el de una madre exasperada por el hijo que no comprende, pero al cual no deja de amar. El cuento “El funeral” contiene algunas notas que pueden parecer irreverentes, pero sólo he tratado de llamar la atención sobre algunos excesos de la religiosidad popular de nuestra imperfecta pero santa y querida Iglesia, tal vez con la inalcanzable intención de que cambie algunas de esas actitudes y reglas humanas.
Emma (en el medio) cuando le fue concedida su Accésit de Honor en el concurso internacional de cuentos “Enrique Labrador Ruiz”, del Círculo de Cultura Panamericano